—Porque creí que podía resolverlo sin involucrarte. Pensé que Daniel había cometido errores financieros, pero que terminaría corrigiéndolos. Cuando descubrí que tu nombre aparecía en los documentos, entendí que el problema era mucho más serio.

—Mientras usted intentaba resolverlo, yo seguía viviendo con ellos.

Ernesto bajó la mirada.

—Lo sé. No puedo cambiar eso.

No le respondí.

Había aprendido que las disculpas podían ser sinceras y, aun así, no reparar inmediatamente el daño.

Mariana guardó los documentos.

—Por ahora, lo más importante es conservar las pruebas y evitar cualquier nuevo compromiso financiero. También recomiendo que Emily no regrese a la casa hasta que se sienta segura y tenga claridad sobre sus derechos.

Ernesto asintió.

—La casa es de ella. Nadie puede obligarla a regresar ni a salir por la fuerza.

—Eso deberá manejarse conforme a los procedimientos aplicables —aclaró Mariana—. Pero, con los documentos que hemos visto, no hay razón para que Emily firme una renuncia ni acepte una deuda que no reconoce.

Al terminar la reunión, Ernesto se quedó conmigo unos minutos.

—Hay algo que no te he dicho —murmuró.

Mariana estaba guardando su computadora, pero se detuvo al escucharlo.

—¿Qué cosa? —pregunté.

Ernesto miró alrededor antes de continuar.

—Hace aproximadamente seis meses, Daniel me pidió que le prestara dinero para invertir en un proyecto inmobiliario. Le di una cantidad considerable porque creí que se trataba de un negocio legítimo.

—¿Cuánto?

—Quinientos mil pesos.

Me quedé helada.

—¿Y qué pasó?

—Nunca recibí los informes que había prometido. Cuando le pregunté por el proyecto, me dijo que el socio se había retirado y que el dinero estaba comprometido temporalmente.

—¿Y usted le creyó?

—Quise creerle.

Ernesto sacó una hoja.

Era un recibo de transferencia.

—Hace dos semanas descubrí que el dinero había terminado en la misma empresa que aparece en los documentos de tu esposo.

Mariana se acercó para examinarlo.

—¿La cuenta receptora es la de Servicios Patrimoniales del Centro?

—Sí.

La abogada hizo una anotación.

—Esto puede ser relevante para reconstruir el flujo de dinero. Necesitaremos el comprobante bancario original y cualquier contrato relacionado con el supuesto proyecto.

Ernesto asintió.

Yo miré el recibo.

Daniel había pedido dinero a su propio padre, había tomado dinero de nuestra cuenta y había intentado utilizar una casa que no le pertenecía.

¿Todo para sostener una empresa que nadie podía explicar?

—¿Patricia sabía que usted había entregado ese dinero? —pregunté.

Ernesto tardó en contestar.

—Sí. Ella fue quien me convenció de que Daniel necesitaba una oportunidad para demostrar que podía manejar un negocio por su cuenta.

Me levanté lentamente.

—Entonces los dos sabían lo que estaban haciendo.

—No sé hasta dónde llegaba el conocimiento de Patricia —respondió él—. Pero ya no voy a seguir protegiendo a mi hijo ocultando información.

Aquella era la primera vez que lo escuchaba decir algo así.

Y, aunque no podía borrar su silencio anterior, sabía que su decisión podía ayudar a esclarecer lo ocurrido.

Cuando regresé a casa de mi madre, encontré tres llamadas perdidas de un número desconocido.

El último mensaje decía:

«Señora Emily, soy el contador que llevaba algunos registros de Servicios Patrimoniales del Centro. Necesito hablar con usted sobre una transferencia realizada el 20 de noviembre. No puedo explicarlo por mensaje, pero su nombre aparece en el expediente».

Le mostré el texto a Mariana.

Me llamó unos minutos después.

—No le envíes documentos ni dinero —me advirtió—. Voy a verificar su identidad antes de que aceptemos cualquier reunión.

Durante las siguientes horas, la abogada confirmó que el hombre había trabajado como contador externo para una de las sociedades relacionadas con Daniel. No podía garantizar que su versión fuera cierta, pero su nombre aparecía en registros mercantiles y en documentos que Ernesto ya había entregado.

Acordamos hablar con él en presencia de Mariana.

La reunión se realizó dos días después, en la oficina de la abogada.

El hombre se llamaba Mauricio Herrera. Llevaba una carpeta con copias de facturas, comprobantes de transferencias y correos electrónicos.

Parecía nervioso.

—No vine aquí para defender a Daniel —dijo al sentarse—. Vine porque no quiero que utilicen mi trabajo para hacer responsable a otra persona de operaciones que no autorizó.

Mariana le pidió que explicara su participación.

Mauricio contó que había recibido instrucciones para registrar determinados movimientos como anticipos comerciales. Al principio creyó que eran operaciones normales.

Después descubrió que algunos pagos no tenían contratos ni facturas que justificaran las cantidades.

Cuando pidió aclaraciones, Daniel le dijo que no se preocupara y que todo quedaría documentado más adelante.

—¿Y qué ocurrió con los cuatrocientos cincuenta mil pesos? —pregunté.

Mauricio abrió una hoja.

—Esa operación no llegó a completarse. Pero antes de que se detuviera, recibí instrucciones para preparar una distribución del dinero entre varias cuentas.

Mariana se inclinó hacia adelante.

—¿Quién dio las instrucciones?

Mauricio sacó una impresión de un correo electrónico.

El remitente era Daniel.

Pero el mensaje incluía una copia dirigida a Patricia.

La instrucción consistía en distribuir el dinero entre tres destinatarios, uno de los cuales era la cuenta personal de mi suegra.

El segundo correspondía a Servicios Patrimoniales del Centro.

El tercero era una cuenta que no aparecía en los documentos anteriores.

—¿A nombre de quién está esa cuenta? —pregunté.

Mauricio bajó la mirada.

—De una mujer llamada Laura Méndez.

El nombre no me resultaba familiar.

—¿Quién es ella?

—No lo sé con certeza. Aparecía como asesora externa de Daniel. Sin embargo, hay algo que me hizo sospechar que no era una relación comercial ordinaria.

Mariana mantuvo la voz firme.

—¿Qué encontró?

Mauricio sacó una última hoja.

Era un comprobante de transferencia por ciento ochenta mil pesos, realizado desde la empresa de Daniel a la cuenta de Laura.

La fecha era de hacía cinco meses.

En el concepto aparecía una sola palabra.

«Anticipo».

Debajo, una nota escrita por Daniel indicaba que el pago debía mantenerse fuera de los registros habituales hasta nuevo aviso.

Sentí que el pecho se me apretaba.

—¿Está diciendo que mi esposo le pagaba dinero a otra mujer?

Mauricio levantó las manos.