Elena no podía dejar de mirar a Verónica.
La frase seguía resonando en su cabeza.
«Ese bebé. Es el heredero».
No había sido una discusión entre dos mujeres que se detestaban.
No había sido un arrebato de celos durante una recepción familiar.
Y tampoco había sido un accidente.
Verónica había mirado el vientre de Elena antes de empujarla.
Había elegido el momento en que estaban solas, lejos de los invitados y de Andrés.
Después había fingido ser la víctima.
Todo por un bebé que todavía no había nacido.
—Andrés… —susurró Elena.
Su esposo estaba arrodillado a su lado, con el teléfono apretado en una mano y el rostro completamente pálido.
—Estoy aquí, cariño.
—No dejes que se acerque a mí.
Andrés levantó la mirada hacia su hermana.
Verónica permanecía junto a la puerta, con los brazos cruzados sobre el vestido color vino.
Por primera vez en toda la noche, parecía no saber qué decir.
—Elena está herida —dijo Andrés con una frialdad que ella rara vez había escuchado en su voz—. Apártate.
—¡Soy tu hermana!
—Y ella es mi esposa.
—¡Tu esposa acaba de acusarme de algo terrible delante de toda la familia!
Andrés se incorporó lentamente.
—La cámara lo ha grabado todo.
Verónica apretó la mandíbula.
—No sabes lo que has visto.
—He visto cómo la empujabas.
—¡Estaba intentando defenderme!
—¿De qué? —preguntó él—. ¿De una mujer embarazada de treinta semanas que estaba intentando salir de una habitación?
Verónica abrió la boca, pero no respondió.
Los paramédicos se arrodillaron junto a Elena.
Uno de ellos le pidió que no se moviera mientras su compañero comprobaba sus constantes vitales.
Elena intentó respirar despacio, aunque el dolor en la cadera y el hombro le impedía encontrar una postura cómoda.
—¿Ha sentido moverse al bebé desde la caída? —preguntó la paramédica.
—Sí. Hace un momento.
—¿Ha tenido sangrado?
—No lo sé. No me he atrevido a moverme.
La mujer asintió con serenidad.
—Vamos a trasladarla al hospital para que la examinen a usted y al bebé. Necesitamos actuar con precaución.
Elena buscó a Andrés con la mirada.
—Ven conmigo.
—Por supuesto.
—No quiero quedarme sola.
Él le tomó la mano con cuidado.
—No voy a dejarte.
Pero, cuando los paramédicos comenzaron a colocarla en la camilla, Verónica dio un paso hacia ellos.
—Andrés, tenemos que hablar antes de que te vayas.
Él ni siquiera se volvió.
—No tenemos nada que hablar ahora.
—¡No puedes marcharte sin escucharme!
—Acabas de empujar a mi esposa embarazada contra una mesa de cristal. La conversación ha terminado.
—¡No entiendes lo que está pasando!
Andrés se detuvo.
Por un instante, Elena pensó que volvería a ceder, como había hecho tantas veces durante los últimos meses.
Que escucharía a su hermana.
Que intentaría encontrar una explicación capaz de suavizar lo ocurrido.
Que, una vez más, le pediría a Elena que tuviera paciencia.
Pero Andrés miró la camilla, vio los fragmentos de cristal junto a las piernas de su esposa y después observó a Verónica.
—Entonces empieza a explicar por qué dijiste que nuestro hijo iba a destruirlo todo.
Verónica perdió el color del rostro.
—Yo no dije eso.
—Te he oído.
—Estabas alterado.
—La grabación tiene sonido, Verónica.
Ella miró a Julián, el encargado de seguridad, que permanecía junto al ventanal con la tableta entre las manos.
—¿También has grabado el sonido?
Julián no respondió inmediatamente.
Andrés entendió la respuesta.
—Conserva la grabación original —ordenó—. Haz dos copias de seguridad y entrega una al abogado de mi padre. Nadie puede modificar ni borrar nada.
—Entendido, señor.
Verónica retrocedió un paso.
—No puedes hacerme esto.
Andrés volvió a mirar a su hermana.
—No soy yo quien te ha hecho esto.
La camilla comenzó a avanzar.
Elena sintió que el aire le faltaba cuando las luces del salón quedaron atrás.
No sabía qué le dolía más: el cuerpo, el miedo por su bebé o el recuerdo de todas las veces en que había confiado en que aquella familia terminaría aceptándola.
Cuando cruzaron el corredor, vio a varios invitados reunidos junto a las puertas del comedor.
Algunos fingían no mirar.
Otros observaban abiertamente.
Rosa, la empleada que se había arrodillado a su lado, caminaba detrás de la camilla con los ojos enrojecidos.
—Señora Elena —dijo en voz baja—, yo la vi. No hizo nada para provocarla.
Elena apretó los dedos de la mujer.
—Gracias, Rosa.
—Voy a decir la verdad si alguien me pregunta.
Elena quiso responder, pero el dolor volvió a atravesarle el abdomen y tuvo que cerrar los ojos.
Andrés subió a la ambulancia con ella.
Antes de que cerraran las puertas, escuchó a su hermana gritar desde la entrada.
—¡Andrés! ¡Si te vas ahora, después no podrás arreglarlo!
Él no volvió la cabeza.
Las puertas se cerraron.
Y, por primera vez desde que se había casado con Elena, Andrés dejó de intentar salvar a su hermana de las consecuencias de sus propios actos.
El trayecto hasta el hospital pareció interminable.
Andrés permaneció sentado junto a Elena, sujetándole la mano mientras la paramédica vigilaba sus constantes vitales.
—¿Crees que nuestro hijo está bien? —preguntó ella.
Él tragó saliva.
—Sí.
Elena giró la cabeza para mirarlo.
—No me digas que sí porque quieres tranquilizarme.
Andrés bajó los ojos.
—No lo sé, Elena. Pero vamos a averiguarlo. Los médicos van a hacer todo lo necesario.
Ella respiró con dificultad.
—Cuando Verónica me empujó, pensé que iba a perderlo.
—Lo siento.
—¿Por qué?
Andrés levantó la mirada.
—Por no haber estado allí.
Elena permaneció en silencio durante unos segundos.
—No podías saber lo que iba a hacer.
—Pero sí sabía cómo te trataba.
Aquellas palabras la sorprendieron.
Durante meses, Andrés había encontrado explicaciones para los comentarios de Verónica.
Decía que su hermana estaba de duelo.
Que la muerte de Rafael la había dejado destrozada.
Que siempre había sido impulsiva.
Que no debía interpretar cada palabra como un ataque.
Elena había terminado por preguntarse si era demasiado sensible.
Si realmente estaba exagerando.
Si el problema era ella por no saber adaptarse a una familia que llevaba generaciones viviendo bajo las mismas reglas.