Era una imagen antigua, tomada en el jardín de la mansión.
Su padre estaba sentado en la silla de madera que Elena había restaurado parcialmente.
En la fotografía, Rafael sonreía mientras sostenía una taza de café.
Verónica recordaba aquella mañana.
Había pasado junto a ellos sin detenerse.
Rafael le había pedido que se sentara un momento.
Ella había respondido que tenía prisa.
Después había salido de la casa para reunirse con Esteban.
Ahora habría dado cualquier cosa por volver a aquella mañana y sentarse junto a su padre durante diez minutos.
No para hablar de la herencia.
No para preguntarle cuánto dinero recibiría.
Solo para escuchar su voz una vez más.
Pero los recuerdos no podían cambiar el pasado.
Y el arrepentimiento no podía convertirse en una forma de evitar las consecuencias.
Verónica guardó la fotografía.
Después escribió una carta dirigida a Elena.
La empezó tres veces.
En la primera versión, explicó que había sufrido mucho desde la muerte de Rafael.
En la segunda, escribió que estaba asustada y que no había pensado con claridad.
En la tercera, intentó explicar que no había querido que el bebé resultara herido.
Cada vez que releía las palabras, comprendía que estaba buscando una forma de hacer que su conducta pareciera menos terrible.
Finalmente, rompió las tres versiones.
Tomó una hoja nueva y escribió:
«Elena:
No tengo una explicación que justifique lo que hice.
Te empujé cuando intentabas alejarte de mí.
Sabía que estabas embarazada de treinta semanas y, aun así, decidí utilizar la fuerza contra ti.
Después mentí y traté de hacer creer a los demás que tú me habías atacado.
También intenté presionar a Rosa para que no contara la verdad.
No te escribo para pedirte que me perdones ni para que me ayudes a sentirme mejor.
Quiero reconocer que fui responsable de mis actos.
Lo que descubrí sobre los documentos de mi padre no justificaba lo que te hice. Mi miedo a perder dinero, posición o influencia tampoco lo justificaba.
No espero una respuesta.
Si algún día decides hablar conmigo, escucharé lo que tengas que decir sin interrumpirte ni pedirte que comprendas mis motivos.
Verónica».
Leyó la carta una última vez.
Después la entregó a su abogado para que la enviara por un medio que permitiera confirmar la recepción.
No añadió flores.
No envió regalos para el bebé.
No pidió a Andrés que intercediera por ella.
Por primera vez, dejó que Elena decidiera qué hacer con sus palabras.
Elena recibió la carta en su casa, una semana después de regresar del hospital.
Los médicos habían considerado que podía continuar el embarazo bajo las indicaciones de seguimiento que le habían dado.
Debía descansar, acudir a las revisiones programadas y comunicar inmediatamente cualquier síntoma preocupante.
Andrés reorganizó sus compromisos para acompañarla a las citas importantes.
También contrató ayuda para algunas tareas domésticas, de modo que Elena no tuviera que preocuparse por mantener la casa en perfecto estado.
La vivienda se encontraba en una zona tranquila, lejos de la mansión familiar.
Tenía un pequeño jardín, grandes ventanas y un taller luminoso en la parte posterior.
Elena había utilizado aquel espacio para restaurar muebles durante los primeros años de su matrimonio.
Después, con las responsabilidades familiares y los conflictos con Verónica, había dejado de trabajar allí con regularidad.
Ahora quería recuperar aquella parte de su vida.
La carta de Verónica permanecía sobre la mesa del salón.
Elena la había leído una sola vez.
No había sentido satisfacción.
Tampoco alivio inmediato.
Había sentido una tristeza profunda al comprobar que la mujer que la había humillado durante meses finalmente reconocía lo ocurrido.
Pero reconocerlo no cambiaba la noche de la recepción.
No borraba el miedo que había sentido cuando cayó.
No eliminaba las horas que había pasado en el hospital preguntándose si su hijo estaba bien.
Y no reparaba automáticamente la confianza que había perdido en su propia familia política.
Andrés se acercó mientras ella observaba la carta.
—¿Quieres que la guarde? —preguntó.
Elena negó con la cabeza.
—No. La guardaré yo.
Él se sentó frente a ella.
—¿Vas a responderle?
—No lo sé.
Andrés asintió.
—No tienes que hacerlo.
Elena lo miró.
—¿Cómo está?
—¿Quién?
—Verónica.
Andrés tardó en contestar.
—Está cooperando con la investigación. Tiene asesoramiento legal y está viviendo en otro lugar. No he hablado mucho con ella.
—¿Está arrepentida?
—Creo que sí. Pero no sé hasta qué punto comprende todo el daño que causó.
Elena bajó la mirada.
—Yo tampoco lo sé.
Andrés apoyó las manos sobre la mesa.
—Quiero que sepas que no tienes ninguna obligación de perdonarla.
—Lo sé.
—Y tampoco quiero que pienses que, si algún día decides hacerlo, estarás traicionándote a ti misma.
Elena lo observó con atención.
Aquella respuesta le gustó más que cualquier promesa de reconciliación.
—Perdonar no significa volver a confiar —dijo.
-No.
—Y tampoco significa que tenga que volver a verla.
—Lo entiendo.
Elena respiró profundamente.
—No quiero vivir odiándola, Andrés. Pero tampoco quiero seguir viviendo alrededor de lo que ella hizo.
Él asintió.
—Entonces no lo hagas.
—Quiero volver a trabajar. Quiero terminar los muebles que dejé a medias. Quiero preparar la llegada de nuestro hijo sin sentir que tengo que demostrarle a nadie que merezco estar aquí.
Andrés sonrió con tristeza.
—Mereces estar aquí desde el primer día.
Elena lo miró.
—Eso tenías que habérmelo demostrado cuando tu hermana empezó a humillarme.
Él bajó la cabeza.
—Sí.
—No te lo digo para castigarte. Te lo digo porque no quiero que volvamos a fingir que todo empezó aquella noche.
Andrés levantó la mirada.
—Lo sé.
—El empujón fue lo más grave, pero no fue el único problema. Durante meses me dejaste sola con algo que sabías que me hacía daño.
Él respiró profundamente.
—He estado pensando en eso.
—¿Y qué has comprendido?
Andrés tardó unos segundos en responder.
—Que confundí mantener la paz con evitar los conflictos. Creí que, si conseguía que tú fueras paciente y que Verónica se calmara, todo terminaría por resolverse. No entendí que estaba pidiéndote que pagaras el precio de mi cobardía.