Ahora, por fin, Andrés parecía comprender lo que había estado evitando mirar.
—Tu hermana me humilló delante de otras personas —dijo Elena—. Me hizo sentir que no tenía derecho a estar en esa casa. Y cada vez que te lo contaba, tú me pedías que la entendiera.
—Lo sé.
—No, Andrés. No lo sabes.
Él guardó silencio.
Elena continuó, con la voz quebrada:
—Yo también perdí a Rafael. Era mi suegro, pero fue mucho más amable conmigo que muchas personas de mi propia familia. Cuando él murió, tú estabas destrozado y yo intenté sostenerte. Después me pediste que tuviera paciencia con Verónica porque ella sufría más que nadie.
Una lágrima descendió por la sien de Elena.
—Nunca te dije que no estuviera sufriendo. Solo necesitaba que tú también vieras mi dolor.
Andrés apretó sus dedos.
—Tienes razón.
—Y ahora, mientras estoy aquí, sin saber si nuestro hijo está bien, lo único que puedo pensar es que ella sabía algo. Sabía que nuestro bebé iba a heredar la fortuna de tu padre. ¿Desde cuándo lo sabía?
Andrés miró el suelo de la ambulancia.
—No lo sé.
—¿Por qué dijo que el bebé iba a destruirlo todo?
Él no respondió.
No porque no quisiera hacerlo.
Sino porque, de pronto, recordó algo que había sucedido tres días antes.
Un mensaje de su padre.
Una conversación interrumpida.
Un sobre que Rafael había dejado sobre el escritorio de su despacho.
Y una frase que, en aquel momento, Andrés había interpretado como una preocupación más de un hombre que sabía que su salud estaba empeorando.
«Cuando llegue el momento, tendrás que elegir entre proteger el nombre de esta familia y proteger a la persona que no ha hecho nada malo».
Andrés había preguntado a qué se refería.
Rafael había respondido que ya lo entendería.
Dos semanas después, había muerto.
—Andrés —lo llamó Elena.
Él volvió a mirarla.
—¿Qué te pasa?
—Mi padre dejó algunas instrucciones antes de morir.
—¿Sobre la herencia?
—No lo sé. Me dijo que había preparado algo para el futuro del bebé, pero no me explicó todos los detalles.
Elena cerró los ojos un instante.
—¿Y Verónica lo sabía?
—No lo sé.
—Entonces tendremos que averiguarlo.
La paramédica intervino con suavidad.
—Necesito que descanse y trate de respirar lentamente. Ya estamos llegando.
Elena asintió.
Andrés volvió a inclinarse hacia ella.
—Pase lo que pase, no voy a permitir que vuelvan a hacerte daño.
Elena no respondió inmediatamente.
Después de tantos meses escuchando promesas que no se convertían en acciones, aquellas palabras ya no bastaban.
—No me lo prometas —dijo—. Demuéstramelo.
Andrés bajó la cabeza.
—Lo haré.
Esta vez, Elena no le pidió que lo repitiera.
Quería hechos.
No palabras.
PARTE 3: TREINTA SEMANAS Y UN SECRETO
En el hospital, Elena fue trasladada directamente a una sala de evaluación obstétrica.
Una enfermera le colocó un monitor alrededor del abdomen mientras otra preparaba el material necesario para realizarle una ecografía.
Andrés tuvo que esperar junto a la puerta.
Nunca había sentido que unos minutos pudieran pesar tanto.
Se quedó mirando sus propias manos.
Todavía recordaba el rostro de su esposa cuando lo había visto entrar en el salón.
Elena estaba en el suelo, rodeada de cristales, encogida alrededor de su vientre.
Y él, durante unos segundos que ahora le parecían imperdonables, había dudado.
Había mirado a Verónica buscando una explicación.
Había considerado la posibilidad de que ambas hubieran participado en una discusión que se había salido de control.
Su hermana había llorado.
Elena había gritado.
Y él había estado a punto de creer a la persona que llevaba toda la vida enseñándole cómo debía interpretar el mundo.
Andrés se pasó una mano por el rostro.
—Señor Delmas.
Una enfermera se acercó.
—¿Puede acompañarme un momento?
Él se levantó inmediatamente.
—¿Le ha pasado algo al bebé?
—La doctora quiere hablar con usted y con su esposa. Por favor, mantenga la calma.
Aquella frase no consiguió tranquilizarlo.
Entró en la habitación y encontró a Elena tumbada, con el cabello recogido de cualquier manera y la bata abierta sobre el hombro.
La doctora, una mujer de mediana edad llamada Isabel Moreno, estaba revisando los resultados de la primera evaluación.
—Señora Elena, hemos conseguido registrar los latidos del bebé —explicó—. En este momento, el ritmo cardíaco es tranquilizador.
Andrés soltó el aire que llevaba conteniendo desde la ambulancia.
Elena cerró los ojos.
Una lágrima le resbaló por la mejilla.
—¿Está bien? —preguntó—. ¿Mi hijo está bien?
—Los primeros resultados son favorables. Pero, después de una caída a las treinta semanas de embarazo, necesitamos mantenerla en observación y realizar más pruebas. Hay que vigilar posibles contracciones, sangrado o cualquier cambio en el movimiento fetal.
—¿Puede haber sufrido alguna lesión?
—No podemos descartarlo todo de inmediato. Por eso vamos a observarla durante las próximas horas.
Andrés se acercó a la cama.
—¿Qué necesita?
—Descanso, vigilancia y que nos informe inmediatamente si aparece dolor abdominal intenso, sangrado, pérdida de líquido o una disminución de los movimientos del bebé. Nosotros nos ocuparemos del resto.
La doctora miró a Elena.
—¿Puede contarme exactamente cómo ocurrió la caída?
Elena relató lo sucedido.
No omitió el agarre de Verónica.
Tampoco el empujón.
Explicó que había intentado apartarse, que su cadera había golpeado la mesa y que había caído sobre los cristales.
La doctora escuchó sin interrumpirla.
Cuando terminó, le preguntó si había recibido algún golpe directo en el abdomen.
—No lo recuerdo con claridad. Intenté protegerlo con los brazos y girarme de lado.
—Ha hecho bien en buscar atención médica inmediatamente.
La doctora anotó algunos datos y salió de la habitación para coordinar las siguientes pruebas.
Durante un rato, ninguno de los dos habló.
Andrés se sentó junto a la cama.
—Nuestro hijo va a estar bien —murmuró.
Elena abrió los ojos.
—La doctora ha dicho que los primeros resultados son favorables. Eso es lo que sabemos.
Él asintió.
—Tienes razón.
—No quiero que conviertas el miedo en una certeza. Necesito que me ayudes a enfrentar lo que ocurra, no que me prometas cosas que nadie puede garantizar.