Elena sintió que los ojos se le humedecían.
No porque aquellas palabras borraran lo ocurrido.
Sino porque, por fin, Andrés había dejado de describir el problema como una simple disputa entre dos mujeres.
Había reconocido su propia responsabilidad.
—No sé cuánto tiempo necesitaré para volver a confiar en ti —dijo ella.
—No voy a pedirte que lo decidas ahora.
—Y no quiero que me preguntes cada semana si ya te he perdonado.
Andrés sonrió débilmente.
—No lo haré.
Elena tomó su mano.
—Quiero que sigamos juntos. Pero quiero que nuestro matrimonio sea diferente.
Él le acarició los dedos.
—Yo también.
Aquella noche no resolvieron todos sus problemas.
No hubo una reconciliación perfecta.
No se prometieron que nunca volverían a discutir.
Simplemente hablaron durante horas.
Hablaron de los límites que debían establecer con sus familias.
De las decisiones económicas que tomarían juntos.
De la necesidad de buscar ayuda profesional si volvían a quedarse atrapados en los mismos patrones.
Y de cómo querían educar a su hijo.
Cuando finalmente se acostaron, Elena apoyó una mano sobre el vientre.
El bebé se movió suavemente.
Andrés se acercó y puso la palma junto a la de ella.
—Hola, pequeño —susurró.
Elena sonrió.
Por primera vez desde la caída, pudo imaginar el futuro sin que el miedo ocupara todo el espacio.
PARTE 10: EL NACIMIENTO DEL HEREDERO
Las semanas pasaron lentamente.
Elena acudió a sus revisiones y siguió las recomendaciones de la doctora Moreno.
Cada vez que escuchaba los latidos del bebé, sentía una mezcla de alivio y gratitud.
El embarazo continuaba avanzando.
Y, aunque el recuerdo de la caída seguía presente, empezó a recuperar la confianza en su cuerpo.
Volvió al taller poco a poco.
Al principio, solo se sentaba junto a la ventana y dibujaba diseños para los muebles que quería restaurar.
Después comenzó a limpiar herramientas, organizar materiales y revisar las piezas que había dejado pendientes.
Andrés instaló una mesa de trabajo a una altura cómoda y se aseguró de que el espacio estuviera bien ventilado.
Una tarde, Elena encontró la silla de Rafael cubierta con una tela blanca.
La retiró con cuidado.
La madera había recuperado parte de su color original.
Todavía faltaba terminar algunos detalles, pero la estructura estaba firme.
Elena pasó la mano por el respaldo.
—Ya casi está —murmuró.
Andrés apareció en la puerta.
—¿La llevarás a la mansión?
Ella negó con la cabeza.
—No. Quiero terminarla aquí.
—¿Y qué harás después?
Elena sonrió.
—La pondré en el cuarto del bebé.
Andrés se quedó mirándola.
—¿De verdad?
—Sí. Tu padre quería que volviera a sostener a alguien. Creo que no hay mejor lugar para ella.
Él se acercó y contempló la silla.
—Le habría gustado.
—Eso espero.
Elena tomó un pequeño pincel y comenzó a trabajar en una esquina del respaldo.
—No quiero que quede perfecta —explicó—. Quiero que conserve las marcas que cuentan su historia.
Andrés la observó durante unos segundos.
—Creo que estoy empezando a entender lo que quieres decir cuando hablas de reparar algo.
Elena levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—Que no siempre se puede volver al estado anterior. A veces solo se puede construir algo diferente con lo que queda.
Ella sonrió.
—Exactamente.
El nacimiento llegó una madrugada de octubre.
Elena despertó con un dolor que al principio confundió con una molestia más del embarazo.
Se sentó lentamente en la cama y esperó unos minutos.
Después sintió otra contracción.
Miró el reloj.
Cuando llegó la siguiente, llamó a Andrés.
—Creo que ha llegado el momento.
Él se incorporó tan deprisa que casi cayó de la cama.
—¿Qué? ¿Ahora?
Elena soltó una pequeña risa nerviosa.
—No, Andrés. Dentro de tres semanas. Claro que ahora.
Él se pasó las manos por el cabello.
—De acuerdo. Sí. Voy a buscar la bolsa.
Se levantó, caminó hacia el armario, regresó al dormitorio y volvió a salir.
Elena lo observó con una mezcla de ternura y diversión.
—La bolsa está junto a la puerta.
Andrés se detuvo.
Miró la bolsa.
Después miró a su esposa.
—Lo sabía.
-Por supuesto.
Él se acercó, le dio un beso en la frente y llamó al hospital para seguir las indicaciones que les habían dado.
El trayecto fue tranquilo, aunque Andrés mantuvo las manos tensas sobre el volante.
Cuando llegaron, el personal médico recibió a Elena y comenzó a evaluar su estado.
Las horas siguientes estuvieron llenas de contracciones, instrucciones y pausas breves en las que Andrés intentaba ayudarla a respirar.
Elena estaba cansada.
Tenía miedo.
Pero esta vez no estaba sola frente a una amenaza.
Andrés permanecía junto a ella, escuchándola y siguiendo las indicaciones del equipo médico.
Cuando ella le pedía silencio, él callaba.
Cuando le pedía agua, la ayudaba.
Cuando le apretaba la mano con fuerza, él no intentaba distraerla con frases tranquilizadoras que no necesitaba escuchar.
Simplemente estaba allí.
Después de varias horas, la doctora les explicó que el parto estaba avanzando y que continuarían vigilando la evolución.
Elena cerró los ojos y respiró profundamente.
—Andrés.
—Estoy aquí.
—Tengo miedo.
Él le besó la frente.
—Lo sé.
—No me digas que no tenga miedo.
—No te lo diré.
Elena abrió los ojos.
—Solo quédate conmigo.
Andrés le sostuvo la mano.
—No me voy a mover.
Y cumplió su palabra.
Cuando finalmente escucharon el primer llanto del bebé, Andrés se quedó inmóvil.
Elena rompió a llorar.
La doctora sonrió mientras el equipo terminaba las primeras comprobaciones.
—Es un niño —anunció—. Vamos a revisarlo y después podremos acercarlo a su madre.
Andrés se cubrió la boca con una mano.
No encontraba palabras.
El niño estaba vivo.
Estaba allí.
Era pequeño, cálido y real.
Y, cuando finalmente lo colocaron junto a Elena, ella sintió que el mundo entero se reducía a aquel rostro diminuto.
—Hola, mi amor —susurró.
El bebé movió ligeramente una mano.
Elena le acarició la mejilla.
—Te estábamos esperando.
Andrés se inclinó sobre ambos.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Es precioso.
Elena sonrió.
—Se parece a ti.
—Eso espero.
Ella soltó una risa cansada.
—¿Eso esperas?