—Señora Verónica, le recomiendo que no destruya, altere ni oculte ningún documento relacionado con el patrimonio de Rafael. Si tiene información relevante, lo adecuado es comunicarla a través de los canales correspondientes.
—¿Me está amenazando?
—No. Le estoy advirtiendo que preservar los documentos es importante para todos.
Verónica volvió a mirar a su hermano.
—¿Vas a permitir que este hombre me hable así?
Andrés no se movió.
—Voy a permitir que haga su trabajo.
—Papá jamás habría querido que me trataras como a una delincuente.
—Papá no está aquí para defenderte de lo que tú misma has hecho.
Verónica se quedó sin palabras.
Andrés continuó:
—Quiero que me entregues todas las llaves que tengas de nuestra casa. También quiero que me digas si has accedido al despacho de papá desde su muerte.
Ella se rio con nerviosismo.
—¿Ahora también vas a interrogarme?
—Sí.
—¿Porque Elena te lo ha pedido?
—Porque necesito saber la verdad.
Verónica lo miró durante varios segundos.
Después metió la mano en su bolso, sacó un llavero y lo dejó sobre el escritorio.
—Aquí tienes las llaves.
Andrés las recogió.
—¿Has entrado en el despacho?
—Era el despacho de mi padre.
—No es una respuesta.
Verónica apretó los dedos.
—He entrado algunas veces.
—¿Qué buscabas?
—Recuerdos.
Federico la observó en silencio.
Andrés preguntó:
—¿Encontraste el teléfono de papá?
Verónica dejó de respirar durante un instante.
Su hermano lo notó.
—¿Qué teléfono?
—El que utilizaba antes de morir. No aparece entre sus pertenencias.
Verónica bajó los ojos.
—No sé dónde está.
Andrés la contempló.
Ya no sentía la necesidad de gritar.
Su hermana estaba mintiendo.
Y, por primera vez, no iba a fingir que no lo veía.
—Te daré una última oportunidad para decirme la verdad —dijo—. ¿Has encontrado algo en el despacho?
Verónica levantó la mirada.
Sus ojos brillaban.
Pero esta vez no había lágrimas.
Solo miedo.
—No puedo hablar de eso.
Andrés sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Por qué?
Verónica retrocedió hasta quedar junto a la ventana.
—Porque, si te lo cuento, todo terminará.
—¿Qué terminará?
Ella lo miró con desesperación.
—Todo lo que queda de esta familia.
Andrés respondió con una voz baja y firme.
—Tal vez lo que quede de esta familia dependa precisamente de que dejes de mentir.
Verónica no contestó.
Y aquella ausencia de respuesta fue más reveladora que cualquier confesión.
PARTE 5: EL TELÉFONO DE RAFAEL
Aquella tarde, Federico recibió una llamada de Clara Montiel.
La administradora independiente había encontrado una anomalía en el registro de acceso a los documentos de Rafael.
No era una prueba de delito.
Pero sí una razón suficiente para revisar los archivos con más detenimiento.
—Hay una solicitud de consulta que no debería existir —explicó Clara durante la llamada—. Se presentó utilizando las credenciales de una cuenta autorizada para determinadas tareas administrativas.
—¿De quién era la cuenta? —preguntó Federico.
—De Verónica.
El abogado guardó silencio.
Clara continuó:
—La solicitud no permitió descargar el testamento completo. El sistema bloqueó el acceso a varios documentos. Pero hubo consultas a archivos relacionados con el patrimonio personal de Rafael y con una sociedad que él había dejado de administrar directamente meses atrás.
—¿Qué sociedad?
Clara le dio el nombre.
Federico lo reconoció.
Era una compañía de inversiones que Rafael había utilizado para adquirir y administrar varias propiedades comerciales.
La empresa no pertenecía exclusivamente a los Delmas.
Había otros socios.
Y uno de los proyectos que había generado mayores beneficios se encontraba ahora bajo revisión por discrepancias en sus cuentas.
—¿Tenemos constancia de que Verónica accediera a los documentos? —preguntó Federico.
—Tenemos registros de acceso con sus credenciales. Necesitamos confirmar quién las utilizó físicamente y si alguien pudo obtenerlas sin su conocimiento.
—¿Se ha modificado algún archivo?
—Eso es lo que estoy comprobando. De momento, he detectado una transferencia de documentos a un dispositivo externo autorizada por una cuenta que no debería haber intervenido en esa operación.
Federico cerró los ojos.
—¿De qué documentos estamos hablando?
—Correspondencia, registros de pagos y un informe interno sobre la gestión de una propiedad. Hay una segunda carpeta que todavía no he conseguido recuperar por completo.
—¿Qué contiene?
—No lo sé. El índice está incompleto.
Federico agradeció la información y terminó la llamada.
Permaneció un rato frente a su escritorio.
Había trabajado con Rafael durante más de veinte años.
Conocía su forma de hacer negocios.
Era exigente, orgulloso y, en ocasiones, demasiado reservado.
Pero no era un hombre que modificara sus disposiciones familiares por capricho.
Si había preparado instrucciones específicas para proteger a su nieto, debía de haber tenido razones.
Federico no quería convertir una sospecha en una acusación.
Sin embargo, tampoco podía seguir fingiendo que el problema se limitaba a la conducta de Verónica durante la recepción.
Había una conexión posible entre el testamento, los documentos desaparecidos y la violencia contra Elena.
Y alguien parecía desesperado por evitar que aquella conexión saliera a la luz.
Andrés regresó al hospital al anochecer.
Elena estaba despierta, leyendo un mensaje que le había enviado su hermana.
Al verlo entrar, dejó el teléfono sobre la mesilla.
—¿Cómo ha ido?
Él se sentó a su lado.
—He hablado con Federico y con Clara Montiel. Hay documentos de mi padre que necesitan ser revisados.
—¿Relacionados con la herencia?
—Sí, pero también con una sociedad de inversiones y con ciertos movimientos administrativos.
Elena frunció el ceño.
—¿Crees que Verónica intentó hacerme daño por la herencia?
Andrés tardó en responder.
—Creo que tenía miedo de algo relacionado con el testamento. Pero no puedo asegurarte que ese fuera el único motivo.
—¿Y qué te ha dicho ella?
—Que no puede hablar de lo que encontró en el despacho de mi padre.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Encontró algo?
—Eso parece.
—¿El teléfono de Rafael?
Andrés la miró sorprendido.
—¿Por qué preguntas por el teléfono?
—Porque ayer, cuando mencionaste la cámara, Verónica reaccionó como si hubiera recordado algo que no quería que viéramos. Y cuando hablaste del testamento, su expresión cambió. Me pregunto si no estaba intentando impedir que descubriéramos algo más.