Clara Montiel llegó a la mansión acompañada por una especialista en conservación documental y un asesor legal independiente.
Julián abrió la habitación y mostró los registros de acceso.
La cámara del corredor había captado varias entradas al despacho durante las semanas posteriores a la muerte de Rafael.
La mayoría correspondían a empleados que retiraban documentos siguiendo instrucciones del abogado.
Había una entrada de Andrés.
Dos de Federico.
Y tres de Verónica.
La última se había producido la noche anterior a la recepción.
Clara señaló la pantalla.
—¿Sabemos cuánto tiempo permaneció allí?
Julián revisó el registro.
—Cuarenta y tres minutos.
Andrés sintió que se le tensaban los hombros.
—¿A qué hora?
—Entre las ocho y doce y las ocho y cincuenta y cinco de la noche.
—¿Hay imágenes del interior?
—No. La cámara solo cubre el corredor y la puerta.
Clara observó el registro una vez más.
—¿Quién tenía autorización para acceder a la habitación?
Julián enumeró a las personas correspondientes.
—El señor Andrés, el abogado Federico, la señora Verónica y el personal autorizado para las tareas de mantenimiento. Nadie más.
—¿La señora Verónica explicó por qué entró?
—Dijo que buscaba unas fotografías de su padre.
Andrés apretó los puños.
—¿Las encontró?
Julián negó con la cabeza.
—No lo sé.
La especialista comenzó a revisar los cajones y los armarios.
No encontraron la caja de madera.
Tampoco hallaron señales claras de que alguien hubiera forzado la cerradura.
Sin embargo, detrás de una estantería encontraron un pequeño fragmento de papel que había quedado atrapado entre la pared y el mueble.
Clara se puso unos guantes y lo recogió.
En el fragmento solo se leían unas palabras:
«…transferencia autorizada».
Y, debajo, una fecha.
Era la fecha de la última semana de vida de Rafael.
Clara miró a Federico.
—¿Reconoces esto?
Él examinó el papel.
—Podría proceder de un informe financiero.
Andrés se acercó.
—¿Qué transferencia?
—No podemos saberlo con este fragmento —respondió Federico—. Necesitamos localizar el documento completo.
La especialista continuó la inspección.
Al cabo de unos minutos, encontró una marca rectangular sobre el escritorio, como si un objeto pesado hubiera permanecido allí durante mucho tiempo.
—Aquí había algo —dijo.
Andrés reconoció la forma.
—La caja.
Clara midió la marca y tomó fotografías.
—Es posible.
—Mi esposa arregló la cerradura de esa caja la noche antes de que mi padre muriera —explicó Andrés—. La vio aquí, sobre el escritorio.
Clara lo miró.
—¿Tu esposa puede confirmar qué aspecto tenía?
—Sí.
—Necesitaremos que lo describa cuando se encuentre en condiciones de hacerlo. No tiene que venir hasta aquí ni participar personalmente en la revisión.
Andrés agradeció aquella consideración.
Clara regresó a los documentos.
—Hay algo más. El registro financiero muestra una transferencia que fue autorizada desde una cuenta de la sociedad. La operación se canceló antes de completarse, pero el intento quedó registrado.
—¿Quién la solicitó? —preguntó Andrés.
Clara consultó la pantalla.
—La solicitud se presentó mediante una cuenta vinculada a un proveedor externo. Sin embargo, el código de autorización final corresponde a una credencial administrativa utilizada en la oficina de tu padre.
Federico frunció el ceño.
—¿La credencial de Verónica?
—No puedo confirmarlo todavía. La cuenta se compartía para determinadas tareas, aunque el acceso estaba sujeto a controles.
Andrés sintió una mezcla de rabia y decepción.
—¿Qué cantidad se intentó transferir?
Clara le mostró el importe.
Andrés se quedó inmóvil.
La cifra era considerable.
No suficiente para vaciar la sociedad, pero sí para alterar el equilibrio financiero de uno de sus proyectos.
—¿Adónde iba el dinero? —preguntó.
—A una empresa de consultoría que dejó de prestar servicios a la sociedad meses atrás.
—¿Quién era el propietario?
Clara revisó los datos.
—Una persona jurídica registrada a nombre de dos socios. Uno de ellos es un antiguo colaborador de la familia.
Federico se inclinó para leer el nombre.
Su expresión cambió.
—Esto es grave.
Andrés lo miró.
—¿Lo conoces?
—Sí. Participó en la negociación de uno de los proyectos inmobiliarios de Rafael. La relación terminó después de una disputa contractual.
—¿Y Verónica tenía relación con él?
Federico dudó.
—No puedo responder a eso sin revisar los antecedentes.
Clara intervino:
—Precisamente por eso necesitamos una auditoría independiente. Si alguien intentó mover dinero sin autorización válida, debemos reconstruir la operación, identificar a las personas implicadas y determinar si hubo perjuicio económico.
Andrés se pasó una mano por el cabello.
Todo parecía estar conectado.
La caja desaparecida.
Los documentos consultados.
La transferencia cancelada.
El miedo de Verónica.
Y la agresión contra Elena.
Pero aún faltaba la prueba que permitiera comprender el motivo real.
Clara cerró la carpeta.
—No vamos a acusar a nadie basándonos en coincidencias. Vamos a documentarlo todo.
Andrés asintió.
—Haz lo que tengas que hacer.
Antes de salir, Clara se detuvo junto a la puerta.
—Hay algo que debes saber. Tu padre no quería que el fideicomiso dependiera de la buena voluntad de la familia. Lo diseñó precisamente para que ninguna persona pudiera utilizarlo como instrumento de presión.
Andrés miró el escritorio vacío.
—¿Crees que sabía que alguien intentaría hacerlo?
Clara tardó unos segundos en responder.
—Creo que Rafael había perdido la confianza en determinadas personas. No sé en quién ni por qué. Pero dejó suficientes medidas de protección para que podamos investigar sin que el patrimonio de tu hijo quede a merced de una sola voluntad.
Cuando Clara se marchó, Andrés permaneció un rato en el despacho.
Recordó a su padre sentado junto a la ventana.
Recordó sus manos envejecidas sosteniendo una taza de café.
Recordó la última conversación que habían mantenido.
Y comprendió que Rafael había intentado advertirle de algo que él, ocupado en su trabajo y convencido de que su familia se encontraba bajo control, nunca había querido investigar.
Ahora ya no podía permitirse ignorarlo.
PARTE 7: LA MUJER QUE SABÍA DEMASIADO
Verónica no había regresado a su apartamento.
Se había instalado temporalmente en una habitación de la mansión familiar y pasaba la mayor parte del tiempo con la puerta cerrada.
No contestaba las llamadas de sus amigas.
Tampoco respondía a los mensajes de Andrés.