Le pedía consejo sobre los muebles antiguos de la casa y escuchaba sus explicaciones como si fueran importantes.
Cuando los demás consideraban que restaurar muebles era un pasatiempo sin futuro, él había visitado el pequeño taller de Elena y había comprado una pieza restaurada por ella para colocarla en su despacho.
«Las cosas bien hechas no necesitan gritar para demostrar su valor», le había dicho una vez.
Ahora aquellas palabras tenían un significado distinto.
Porque Elena comprendía que también ella había intentado reparar algo que no dependía únicamente de sus esfuerzos.
Su relación con la familia Delmas.
Su lugar en aquella casa.
La confianza de Andrés.
Había creído que, si era lo bastante paciente, amable y comprensiva, Verónica terminaría aceptándola.
Pero algunas personas no confundían la paciencia con la bondad.
La confundían con permiso.
Y Elena ya no quería seguir concediéndolo.
—Andrés —dijo al cabo de unos minutos—, quiero volver a mi casa cuando los médicos me den el alta.
Él la miró.
—¿A la casa donde vivimos?
—Sí. A nuestra casa.
Andrés asintió.
—Por supuesto.
—Pero no quiero regresar a la casa de tu padre.
Él comprendió lo que quería decir.
La mansión familiar, donde se había celebrado la recepción, estaba llena de recuerdos de Rafael.
También estaba llena de personas que habían permitido que Verónica humillara a Elena durante meses.
—No tienes que volver allí —respondió.
—Y no quiero que Verónica tenga una llave de nuestra vivienda.
—No la tendrá.
—Tampoco quiero que pueda entrar cuando no estemos.
—Me ocuparé de ello.
Elena lo observó atentamente.
—No quiero tener que recordártelo mañana.
Andrés no apartó la mirada.
—Hablaré con el administrador y cambiaré los permisos de acceso hoy mismo. No tendrás que pedírmelo otra vez.
Ella asintió.
No era una reconciliación.
Era apenas el primer paso para reconstruir una confianza que había sido dañada por mucho más que una caída.
Pero era un paso real.
Y, por el momento, eso bastaba.
Verónica pasó aquella misma mañana sentada en el despacho de su padre.
No había dormido.
El vestido color vino estaba arrugado y tenía una pequeña mancha en la manga.
Sobre el escritorio descansaba el teléfono de Rafael, un objeto que nadie había conseguido localizar durante las primeras semanas posteriores a su muerte.
Verónica lo había encontrado en un cajón cerrado con llave.
No se lo había contado a Andrés.
Tampoco a Federico.
Y ahora comprendía que aquel descubrimiento podía convertirse en un problema mucho mayor que el incidente del salón.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
«Necesito saber si has conseguido detenerlo».
Verónica miró la pantalla.
Escribió una respuesta.
«No. La cámara lo ha grabado».
La contestación llegó inmediatamente.
«Entonces no hables de los documentos».
Verónica apretó el teléfono.
«No puedo controlar lo que hará Andrés».
Pasaron varios segundos.
Después apareció otro mensaje.
«Si entregan el archivo completo, estamos perdidos».
Verónica se puso de pie de golpe.
Miró hacia la puerta, convencida de que alguien podía haberla oído.
No había nadie.
Volvió a sentarse.
El archivo completo.
Eso era lo que Rafael había intentado proteger.
Y eso era lo que Verónica había tratado de encontrar durante las últimas semanas.
No toda la fortuna.
No solo el dinero.
Había algo más.
Algo que podía revelar por qué su padre había cambiado el testamento poco antes de morir.
Algo que explicaba por qué había retirado a Verónica de determinadas responsabilidades dentro de las empresas familiares.
Algo que ella había jurado que jamás saldría a la luz.
Se llevó las manos a la cabeza.
Había cometido un error al empujar a Elena.
Un error impulsivo.
Irreversible.
Pero lo que más la aterrorizaba no era la grabación.
Era que, por primera vez, ya no podía controlar lo que los demás sabían.
Escuchó pasos en el corredor.
Guardó el teléfono en el bolsillo y cerró la carpeta que tenía delante.
La puerta se abrió.
Andrés entró acompañado por Federico.
Verónica se levantó inmediatamente.
—Andrés, por fin. Necesito hablar contigo.
Él no se acercó.
—Yo también necesito hablar contigo.
—Lo que pasó anoche fue una tragedia.
—No. Lo que pasó anoche fue una agresión. La cámara muestra cómo empujaste a Elena.
Verónica palideció.
—¿Vas a seguir llamándolo así?
—¿Cómo quieres que lo llame?
—Fue una discusión.
—Una discusión no explica que la sujetaras del brazo, la empujaras contra una mesa de cristal y después fingieras que ella te había atacado.
Verónica apretó los labios.
—Estaba fuera de mí.
—Eso puede explicar que perdieras el control. No justifica lo que hiciste.
—¡Es mi familia!
Andrés la miró con incredulidad.
—Elena también es mi familia.
—Ella nunca ha pertenecido de verdad a esta casa.
La frase quedó suspendida en el aire.
Andrés tardó un instante en responder.
—¿Eso es lo que piensas?
Verónica levantó la barbilla.
—Sabes a qué me refiero.
—No. Quiero que lo digas claramente.
—No es una Delmas.
Andrés respiró profundamente.
—Está casada conmigo. Es la madre de mi hijo. Mi padre la respetaba. Y tú no tienes derecho a decidir quién merece pertenecer a esta familia.
Verónica miró a Federico.
—¿También has venido a juzgarme?
El abogado mantuvo la calma.
—He venido a informar al señor Andrés de determinadas cuestiones relacionadas con el testamento de Rafael.
El rostro de Verónica cambió.
Fue un movimiento pequeño.
Un parpadeo demasiado rápido.
Pero Andrés lo vio.
—¿Qué sabes del testamento? —preguntó.
—Lo mismo que tú.
—¿Cuándo te enteraste de que nuestro hijo sería el beneficiario de un fideicomiso?
Verónica se quedó inmóvil.
—No sé de qué estás hablando.
Federico abrió la carpeta.
—El documento fue formalizado antes del fallecimiento de su padre y contempla disposiciones específicas para el futuro nieto. También establece restricciones destinadas a impedir que los bienes se utilicen para cubrir obligaciones personales de otros familiares.
—Eso no tiene nada que ver con lo ocurrido anoche —respondió Verónica demasiado deprisa.
Andrés la observó.
—¿Cómo sabes que no tiene nada que ver?
Ella no respondió.
Federico cerró la carpeta.