Solo mantenía una conversación constante con la persona que le escribía desde un número desconocido.

A las seis de la tarde, recibió una nueva llamada.

Esta vez contestó.

—¿Qué quieres? —preguntó en voz baja.

—Saber qué ha ocurrido.

La voz masculina sonó impaciente.

Verónica miró hacia la puerta.

—Han revisado el despacho.

—¿Han encontrado la caja?

-No.

—¿Y los documentos?

—Algunos siguen allí. Otros han desaparecido.

Se produjo un silencio.

—¿Tienes el teléfono?

Verónica apretó los labios.

—Sí.

—Entonces todavía podemos arreglarlo.

—No puedes arreglar nada. Andrés sabe que escondo algo. La cámara grabó lo que hice. Elena podría denunciarme.

—No te precipites.

—¡La empujé contra una mesa de cristal! ¿Cómo quieres que no me precipite?

La voz del hombre se volvió más dura.

—Baja la voz.

Verónica se llevó una mano a la frente.

—No debí hacerlo.

—Eso ya no importa.

—¡Claro que importa! Está embarazada de treinta semanas. Podría haber perdido al bebé.

—Pero no lo perdió.

Verónica se quedó helada.

Aquella respuesta le produjo una sensación de asco que no había esperado sentir.

—¿Cómo puedes decir algo así?

—Porque necesitas concentrarte en lo que viene después.

—No voy a volver a mentir por ti.

El hombre soltó una risa seca.

—¿Ahora tienes conciencia?

Verónica cerró los ojos.

—Quiero salir de esto.

—No puedes salir sin explicar cómo obtuviste la información.

—No voy a entregarte el teléfono.

—No te he pedido que me lo entregues.

—Quieres que borre los mensajes.

—Quiero que hagas lo que te dije desde el principio.

Verónica apretó el dispositivo.

—Mi padre confiaba en ti.

—Tu padre desconfiaba de todo el mundo.

—No hables de él.

—Entonces deja de fingir que eres la única persona que sufrió cuando murió.

Verónica sintió que le ardían los ojos.

—Yo era su hija.

—Y yo fui quien solucionó los problemas que él dejaba a su paso.

—¿Solucionaste los problemas? ¿O te aprovechaste de ellos?

El hombre no respondió inmediatamente.

Cuando volvió a hablar, su voz era fría.

—Mira a tu alrededor, Verónica. Tu hermano te ha apartado de la familia. El abogado está investigando las cuentas. Clara Montiel tiene acceso a los documentos. Si sigues hablando, no habrá nadie dispuesto a ayudarte.

Verónica miró el teléfono de Rafael, escondido en el fondo de su bolso.

—No necesito que me ayudes.

—Eso dices ahora.

—Voy a entregar todo lo que tengo.

La llamada terminó abruptamente.

Verónica permaneció sentada, escuchando el silencio.

Había pasado semanas convenciéndose de que solo intentaba proteger lo que le correspondía.

Se había repetido que Rafael había sido injusto.

Que Andrés siempre había tenido más oportunidades.

Que Elena había llegado a la familia en el momento perfecto.

Que, con el nacimiento del niño, todo el patrimonio y toda la atención se alejarían definitivamente de ella.

Pero aquellas explicaciones ya no conseguían ocultar la verdad.

Verónica no había empujado a Elena porque su cuñada fuera peligrosa.

La había empujado porque estaba asustada.

Porque sabía que, cuando naciera el niño, las decisiones que ella había tomado dejarían de estar protegidas por la autoridad de su padre.

Porque había descubierto algo que podía destruir su posición.

Y porque, en lugar de enfrentarse a las consecuencias, había intentado silenciar a la persona que consideraba más fácil de apartar.

Se levantó y fue hasta el escritorio.

Abrió el cajón donde había guardado una carpeta pequeña.

Dentro estaban varias hojas impresas.

Correos electrónicos.

Una copia parcial de un informe financiero.

Y una nota escrita a mano por Rafael.

Verónica leyó la nota por décima vez.

«Si no puedo aclararlo en vida, los documentos deben llegar a Clara. Ninguna persona de la familia debe tener capacidad para impedir una revisión independiente».

Su padre había escrito aquellas palabras poco antes de morir.

Verónica había encontrado la nota dentro de la caja de madera.

La caja que Elena había ayudado a abrir.

La caja que después había desaparecido.

Al principio, Verónica solo había querido saber qué contenía.

Luego había leído los documentos.

Y había descubierto que el antiguo colaborador de la familia, el hombre que ahora la llamaba, había participado en operaciones que Rafael consideraba sospechosas.

Pero también había descubierto algo más.

Su propio nombre aparecía en varios mensajes.

No como responsable de todas las operaciones.

No como la persona que había diseñado el sistema.

Pero sí como alguien que había facilitado información y autorizado determinadas consultas.

Verónica había firmado documentos sin revisar sus anexos.

Había aceptado favores.

Había compartido datos que no debía compartir.

Y, cuando comprendió que podían utilizarse en su contra, había intentado ocultarlos.

No sabía hasta qué punto era responsable.

Eso tendría que determinarlo una investigación.

Pero sabía que no podía seguir diciendo que no tenía nada que ver.

Se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra el escritorio y empezó a llorar.

No por la herencia.

No por la posibilidad de perder una posición social.

Lloró porque, por primera vez, comprendió que había cruzado una línea que no podía deshacer.

Y porque, cuando había empujado a Elena, no había pensado en el bebé.

Había pensado únicamente en sí misma.

Esa noche, Verónica llamó a Federico.

—Necesito hablar contigo.

El abogado guardó silencio al otro lado de la línea.

—¿Sobre qué asunto?

—Sobre los documentos de mi padre.

—¿Qué documentos?

—Los que faltan del despacho.

Federico se incorporó en su silla.

—¿Los tienes?

—Tengo una parte.

—¿Dónde están?

—Conmigo.

—No los manipules ni los destruyas. Voy a organizar una entrega formal con un representante independiente.

Verónica respiró con dificultad.

—Quiero hablar con Andrés.

—Puedo transmitirle tu solicitud.

—No. Quiero hablar con él personalmente.

—Eso dependerá de él y de las circunstancias.

—Federico, por favor. No puedo seguir así.

El abogado no respondió de inmediato.

—¿Estás dispuesta a contar todo lo que sabes, aunque pueda perjudicarte?

Verónica miró los documentos.

—Sí.

—¿También estás dispuesta a reconocer lo que hiciste a Elena?

Ella cerró los ojos.

—Sí.

—Entonces tendrás que comprender que una confesión no elimina automáticamente las consecuencias. Lo importante es que dejes de ocultar información y permitas que los hechos se investiguen.