—¿Qué movimientos financieros?

—No puedo darte una conclusión sin revisar los archivos. Tu padre me pidió que preservara determinados documentos hasta que se cumpliera una condición.

—¿Qué condición?

Federico miró la carpeta.

—El nacimiento de tu hijo o la aparición de indicios de que alguien estaba intentando perjudicar a Elena o al niño.

Andrés sintió un escalofrío.

—¿Mi padre sabía que podía pasar algo?

—No puedo afirmar eso. Pero quería que ciertas instrucciones se activaran si surgían circunstancias que pusieran en riesgo la tranquilidad de su familia.

—¿Qué instrucciones?

El abogado abrió la carpeta por una sección marcada con una pestaña azul.

—Antes de que te las explique, necesito hacerte una pregunta.

—¿Cuál?

—¿Elena sabe que tu padre dejó este fideicomiso?

Andrés negó con la cabeza.

—Acabo de enterarme yo.

—Entonces no se lo ocultes. No tiene que tomar decisiones ahora, pero merece conocer lo que afecta a su hijo.

Andrés asintió.

—Se lo explicaré cuando la doctora diga que puede hablar con tranquilidad.

Federico recogió una parte de los documentos.

—Hay otra cuestión.

—¿Qué más?

—Tu padre no quería que el fondo se convirtiera en un instrumento de poder dentro de la familia. Por eso designó a una administradora externa para supervisarlo.

—¿Quién?

El abogado pronunció un nombre.

—Clara Montiel.

Andrés lo reconoció inmediatamente.

Clara había sido asesora financiera de Rafael durante más de una década.

Era una mujer rigurosa, discreta y poco impresionable.

Y Verónica la detestaba.

No porque Clara hubiera sido descortés con ella.

Sino porque, en más de una ocasión, se había negado a autorizar operaciones que no estaban debidamente justificadas.

—¿Por qué la eligió mi padre?

—Porque confiaba en su criterio y porque no dependía económicamente de la familia. Si alguien intentaba influir en la administración del fondo, Clara tendría autoridad para detener cualquier operación irregular.

Andrés miró hacia la puerta.

Al otro lado del pasillo estaba Elena.

En su vientre crecía el niño al que Rafael había querido proteger incluso después de su muerte.

Y, en algún lugar de la casa familiar, Verónica sabía que la herencia que había esperado controlar acabaría en manos de un niño que todavía no había nacido.

Andrés comprendió que la caída de Elena podía ser solo el comienzo de algo mucho más oscuro.

PARTE 4: LA PRIMERA MENTIRA

A la mañana siguiente, Elena seguía en observación.

Los médicos habían realizado nuevas pruebas y, aunque el dolor persistía, no habían detectado signos concluyentes de una complicación grave.

La vigilancia continuaría durante el tiempo que consideraran necesario.

Andrés permaneció a su lado, saliendo únicamente para hablar con el personal médico y responder a las llamadas imprescindibles.

A las nueve, Rosa apareció en la habitación.

Llevaba una bolsa con ropa cómoda, el cargador del teléfono de Elena y una pequeña caja de cartón.

—Señora, he traído algunas cosas de casa.

Elena intentó incorporarse un poco.

—Gracias, Rosa. No tenías que hacerlo.

—Quería asegurarme de que tuviera lo necesario.

Rosa dejó la bolsa sobre una silla.

Después miró a Andrés.

—Señor, ¿puedo hablar con ustedes?

Él se puso de pie.

—Por supuesto.

Rosa se sentó en el borde de otra silla, visiblemente nerviosa.

—Hay algo que no dije anoche porque todo ocurrió muy deprisa.

Elena sintió que se le tensaba el cuerpo.

—¿Qué pasó?

—Antes de que la ambulancia llegara, la señora Verónica me pidió que dijera que usted había intentado atacarla.

Andrés frunció el ceño.

—¿Te lo pidió directamente?

—Sí, señor.

—¿Qué palabras utilizó?

Rosa se humedeció los labios.

—Me dijo que debía recordar que ella también había perdido a su padre y que la familia no necesitaba otro escándalo. Después me preguntó si quería seguir trabajando en la casa.

Elena cerró los ojos.

La amenaza no había terminado con el empujón.

Verónica había intentado construir una mentira mientras ella seguía en el suelo.

—¿Le dijiste que no? —preguntó Andrés.

—Le dije que no podía afirmar algo que no había visto.

—¿Y qué viste?

Rosa miró directamente a Elena.

—Vi a la señora Verónica sujetarla del brazo. Después vi cómo la empujaba con las dos manos. Cuando usted cayó, la señora Verónica se dejó caer al suelo y empezó a gritar que había sido atacada.

Andrés asintió lentamente.

—¿Estarías dispuesta a contar lo mismo si te lo preguntaran oficialmente?

Rosa se quedó callada unos segundos.

—Sí, señor.

—¿Estás segura? No quiero que nadie te obligue a hacerlo. Solo necesito saber si estás dispuesta a contar la verdad.

—Estoy segura.

Andrés le agradeció su sinceridad.

Rosa se levantó, pero antes de salir dejó la pequeña caja sobre la cama.

—Esto también estaba en la habitación de la señora Elena. Lo encontré junto a sus cosas y pensé que querría tenerlo.

Elena abrió la caja.

Dentro estaba la vieja silla de madera que Rafael le había entregado meses antes.

La había restaurado en secreto durante varias semanas, trabajando en ella por las noches.

Había reparado una pata floja, sustituido dos piezas dañadas y conservado las marcas que el tiempo había dejado sobre la madera.

Todavía no había terminado el acabado.

La última vez que había trabajado en ella, Rafael seguía vivo.

Elena pasó los dedos por el respaldo.

—Pensaba devolvérsela cuando estuviera lista.

Rosa se llevó una mano a la boca.

—Él hablaba mucho de esa silla.

—¿De verdad?

—Sí. Decía que usted había entendido algo que los demás olvidaban: que reparar una cosa no significa borrar todo lo que le ha ocurrido.

Elena sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

Andrés se acercó.

—¿Por qué no me contaste que la estabas restaurando?

Ella sonrió débilmente.

—Quería que fuera una sorpresa.

Él contempló la silla.

—A mi padre le habría encantado.

—Eso esperaba.

Elena acarició la madera una vez más.

Durante un instante, el miedo cedió espacio a una tristeza más limpia.

Rafael había sido el primero en aquella familia que la había tratado como una persona con capacidades propias.

No le preguntaba cuánto ganaba.

No le decía que debía buscar un empleo más respetable.

No se burlaba de sus manos manchadas de barniz.