—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque parecía una cosa insignificante. Tu padre me pidió que no te interrumpiera mientras cenabas con unos socios. Yo fui a verlo, arreglé la cerradura y regresé a casa.

Andrés la observó con atención.

—¿Cuánto tiempo estuviste allí?

—Unos veinte minutos.

—¿Había alguien más?

—No cuando llegué. Después escuché pasos en el corredor y vi a Verónica salir de la biblioteca.

Andrés se quedó inmóvil.

—¿Viste a Verónica?

—Sí.

—¿Te dijo algo?

Elena negó con la cabeza.

—Me preguntó qué hacía allí. Le expliqué que tu padre me había pedido ayuda con una caja. Después me dijo que algunas personas aprovechaban cualquier oportunidad para hacerse indispensables.

Andrés cerró los ojos.

La frase encajaba demasiado bien con el comportamiento que había observado durante meses.

Pero todavía no demostraba nada más.

—¿Viste qué había dentro de la caja? —preguntó.

—No. Estaba cerrada cuando llegué. Después de arreglar la cerradura, Rafael me pidió que no la abriera. Dijo que contenía documentos privados.

—¿Qué ocurrió con ella?

Elena pensó unos segundos.

—Cuando salí, seguía en el escritorio. No sé qué pasó después.

Andrés se sentó a su lado.

—¿Por qué no me lo contaste antes?

—Porque no tenía ninguna razón para pensar que fuera importante. Tu padre no parecía enfermo aquella noche. Estaba cansado, pero hablaba con normalidad.

Elena hizo una pausa.

—Y porque no quería que interpretaras una conversación privada como una prueba de algo que no era.

Andrés asintió lentamente.

—No voy a sacar conclusiones sin pruebas.

Ella lo miró.

—¿Me crees?

La pregunta lo golpeó con una fuerza inesperada.

Andrés recordó el salón.

El cristal.

La expresión de Verónica.

Y la vacilación que había aparecido en su propio rostro cuando ambas contaron versiones opuestas.

—Sí —respondió—. Te creo.

Elena no sonrió.

—¿Porque soy tu esposa o porque has decidido escucharme?

Andrés bajó la mirada.

—Porque me has contado lo que ocurrió y porque no tengo motivos para pensar que estés mintiendo. Y porque he cometido demasiados errores al aceptar las versiones de otras personas sin comprobarlas.

Ella permaneció en silencio.

Después le tomó la mano.

—Entonces averigua qué pasó en ese despacho. Pero no permitas que nadie convierta el dolor de tu padre en una excusa para seguir haciéndonos daño.

Andrés asintió.

Por primera vez, la sospecha que Verónica había lanzado no consiguió separarlos.

Al contrario.

Los obligó a mirar juntos hacia el lugar donde todo parecía haber comenzado.

PARTE 6: LO QUE HABÍA DENTRO DE LA CAJA

Federico llegó al hospital a primera hora de la tarde.

Andrés le contó lo que Elena había recordado sobre la noche anterior a la muerte de Rafael.

El abogado escuchó con atención.

—¿Estás seguro de que tu padre tenía una caja de madera en el despacho?

—Sí. Recuerdo haberla visto varias veces. Era antigua, con una cerradura pequeña.

Federico abrió su cuaderno.

—¿Sabes dónde está ahora?

-No.

—¿Y Elena recuerda si tu padre llegó a abrirla?

Andrés negó con la cabeza.

—Ella dice que no la abrió. Solo reparó la cerradura.

Federico guardó silencio durante unos instantes.

—Tenemos que comprobarlo.

—¿Por qué?

—Porque Rafael me pidió que conservara un inventario de determinados objetos y documentos. Entre ellos figuraba una caja de archivo que debía permanecer en su despacho hasta que se cumpliera una condición específica.

Andrés se inclinó hacia delante.

—¿Qué condición?

—La revisión de las cuentas de la sociedad de inversiones.

—¿Qué había dentro?

—No lo sé con certeza. Tu padre no me permitió abrirla. Me indicó que el contenido debía examinarse en presencia de Clara Montiel y de un representante legal independiente.

Andrés se levantó.

—¿Y nadie la ha revisado?

—No he podido localizarla.

—¿Cuándo desapareció?

Federico abrió una segunda carpeta.

—El inventario se realizó dos días después del fallecimiento. La caja no figuraba entre los objetos trasladados al archivo. Pensé que Rafael la había dejado en otro lugar o que se había incorporado a sus pertenencias personales.

Andrés sintió una presión en el pecho.

—¿Y no investigaste?

—Pregunté al personal de la casa. Nadie supo darme una respuesta. En ese momento, la prioridad era gestionar el fallecimiento y organizar los asuntos urgentes. No tenía motivos suficientes para pensar que hubiera sido sustraída.

—Ahora sí los tienes.

Federico asintió.

—Ahora tenemos una razón para volver a comprobarlo.

Andrés miró hacia la habitación de Elena.

—Mi hermana ha encontrado algo en el despacho. Estoy seguro.

—Puede ser. Pero necesitamos determinar qué encontró y si está relacionado con la desaparición de la caja.

—¿Cómo lo hacemos?

—Primero, solicitaremos que se preserve el registro de acceso al despacho. Después revisaremos el inventario, las cámaras y cualquier documento relacionado con el traslado de los bienes de tu padre.

—¿Y si Verónica tiene la caja?

—Tendremos que pedírsela formalmente y documentar su respuesta. No debemos entrar en sus pertenencias privadas sin autorización ni actuar de una manera que pueda comprometer la investigación.

Andrés apretó los labios.

—No quiero que encuentre otra oportunidad para destruir pruebas.

—Por eso debemos actuar con rapidez, pero sin improvisar.

Federico se puso de pie.

—Hay otra cuestión que necesito que entiendas.

-Diez centavos.

—Si tu padre sospechaba que existían irregularidades en la sociedad de inversiones, pudo haber preparado el fideicomiso para separar el patrimonio de tu hijo de cualquier disputa empresarial. Pero todavía no sabemos si las dos cosas están conectadas.

Andrés asintió.

—Lo entiendo.

—Y, sobre todo, no debemos permitir que la investigación se convierta en una guerra entre familiares. Tenemos que centrarnos en los hechos.

Andrés miró por la ventana.

—Mi padre siempre decía que una familia podía discutir por dinero, pero que lo verdaderamente imperdonable era utilizar el dinero para decidir quién merecía ser amado.

Federico bajó los ojos.

—Lo recuerdo.

—No quiero que nuestro hijo crezca creyendo que tiene que luchar contra su propia familia para protegerse.

—Entonces tendrás que establecer límites claros desde el principio.

Andrés miró a Federico.

—Eso es exactamente lo que pienso hacer.

La revisión del despacho comenzó esa misma tarde.