Andrés bajó la mirada.
—Es posible.
Elena respiró profundamente.
—No quiero que la acuses sin pruebas.
—No lo haré.
—Pero tampoco quiero que la protejas.
—Tampoco lo haré.
Ella asintió.
Después miró la silla que Rosa había dejado junto a la ventana.
—¿Sabes qué es lo más extraño de todo esto?
—¿Qué?
—Rafael me pidió que restaurara esa silla porque quería que volviera a sostener a alguien. Me dijo que no debía borrar las marcas del tiempo.
Andrés siguió la dirección de su mirada.
—Lo recuerdo.
—Creo que tu padre sabía que había cosas rotas en su familia. Tal vez intentaba repararlas a su manera. Pero yo no puedo restaurar a una persona que no quiere cambiar.
Andrés sintió una punzada de vergüenza.
—No deberías haber tenido que intentarlo sola.
Elena volvió la cabeza hacia él.
-No.
La respuesta fue sencilla.
Sin reproches adicionales.
Sin necesidad de elevar la voz.
Y, precisamente por eso, Andrés comprendió lo mucho que había cambiado algo entre ellos.
Durante meses, Elena había tratado de convencerlo de que la situación era insostenible.
Ahora ya no intentaba convencerlo.
Estaba estableciendo sus límites.
—¿Qué quieres hacer cuando salgas del hospital? —preguntó él.
—Quiero ir a casa, descansar y concentrarme en el bebé. Quiero que todo lo relacionado con tu familia se gestione sin obligarme a participar en cada discusión.
—Lo haré.
—Y quiero que busquemos asesoramiento independiente sobre el fideicomiso. No quiero depender únicamente de las personas que trabajan para tu familia.
Andrés asintió.
—Estoy de acuerdo.
—También quiero que sepas que, si vuelves a pedirme que calle para proteger el apellido Delmas, me iré.
Él se quedó inmóvil.
No porque considerara que Elena estaba exagerando.
Sino porque comprendió que ella no estaba pronunciando una amenaza.
Estaba describiendo una posibilidad que había empezado a considerar seriamente.
—No quiero perderte —dijo.
Elena lo miró con tristeza.
—Entonces deja de actuar como si tuvieras que elegir entre tu esposa y tu hermana cada vez que alguien hace daño. Yo no te he pedido que dejes de quererla. Te he pedido que no permitas que me maltrate.
Andrés bajó la cabeza.
—Lo entiendo.
—Y no basta con que lo entiendas hoy.
Él le acarició los dedos.
—Lo sé.
Elena no apartó la mano.
Pero tampoco le dijo que todo estaba perdonado.
La confianza, como la madera de la silla de Rafael, podía repararse.
Eso no significaba que las marcas desaparecieran.
Al día siguiente, Verónica acudió al hospital sin avisar.
Llevaba un ramo de flores blancas y una bolsa con ropa para Elena.
Cuando llegó a recepción, la enfermera le explicó que la paciente no había autorizado visitas de familiares que no fueran su esposo.
Verónica levantó la voz.
—¡Soy su cuñada!
—Lo entiendo, señora, pero debemos respetar las indicaciones de la paciente.
—¡No pueden impedirme verla!
Andrés salió de la habitación al escuchar la discusión.
Se encontró con su hermana en el pasillo.
—¿Qué haces aquí?
Verónica sostuvo las flores contra el pecho.
—He venido a ver a Elena.
—Ella no ha autorizado tu visita.
—¡Es mi sobrino el que está ahí dentro!
—Y ella es la persona que decide quién entra en su habitación.
Verónica lo miró con incredulidad.
—¿Ahora vas a tratarme como a una desconocida?
—Voy a respetar los límites que mi esposa ha establecido.
—¡Solo quería disculparme!
Andrés guardó silencio unos segundos.
—Entonces puedes hacerlo cuando ella esté preparada para escucharte.
—No puedo esperar indefinidamente.
—Ella lleva esperando meses a que dejes de humillarla.
Verónica apretó los labios.
—No sabes lo que estaba pasando.
—Eso es precisamente lo que intento averiguar.
Él señaló las flores.
—Déjalas en recepción si quieres. No voy a obligarla a aceptarlas.
Verónica miró hacia la puerta de la habitación.
—¿De verdad crees que Elena es tan inocente como pretende?
Andrés sintió que la rabia regresaba.
—¿Qué quieres decir?
—No sabes de lo que es capaz.
—Entonces explícate.
Verónica negó con la cabeza.
—No puedo.
—Siempre dices lo mismo cuando te pido que expliques tus acusaciones.
—Porque no entiendes lo que está en juego.
Andrés dio un paso hacia ella.
—Lo que está en juego es la seguridad de mi esposa y de mi hijo. Si sabes algo que pueda afectarlos, tienes la obligación de decirlo.
Verónica lo observó durante unos segundos.
Después dejó las flores en una silla.
—Pregúntale a Elena qué hacía en el despacho de papá la noche antes de que muriera.
Andrés se quedó helado.
—¿Qué?
—Pregúntale por qué estaba allí.
—Elena no estaba en el despacho de papá esa noche.
Verónica sonrió de una manera extraña.
—¿Estás seguro?
Andrés no respondió.
Su hermana aprovechó el silencio.
—Hay cosas que no sabes de tu propia esposa.
—Si estás intentando insinuar que Elena tuvo algo que ver con la muerte de nuestro padre, más te vale tener pruebas.
La sonrisa desapareció del rostro de Verónica.
—No he dicho eso.
—Acabas de insinuarlo.
—Solo te digo que preguntes.
Andrés la miró con desprecio.
—No volverás a utilizar el dolor de mi padre para atacar a Elena.
Verónica retrocedió.
—Te arrepentirás de confiar tanto en ella.
—Y tú tendrás que aprender a vivir con las consecuencias de lo que has hecho.
Andrés volvió a entrar en la habitación y cerró la puerta.
Elena estaba sentada en la cama.
Había escuchado parte de la conversación.
—¿Qué ha dicho? —preguntó.
Andrés se acercó a ella.
—Ha insinuado que estuviste en el despacho de mi padre la noche antes de que muriera.
Elena frunció el ceño.
—¿Qué?
—Dice que debería preguntarte qué hacías allí.
Elena se quedó mirándolo.
Durante unos segundos, pareció estar buscando algo en su memoria.
Después apartó lentamente la sábana.
—Andrés, hay algo que no te conté.
Él sintió que el estómago se le encogía.
—¿Qué cosa?
Elena respiró profundamente.
—La noche antes de que Rafael muriera, fui a su despacho.
Andrés no dijo nada.
Elena continuó:
—Me llamó para pedirme ayuda con un mueble. Había una caja de madera que no conseguía abrir porque la cerradura estaba atascada. Quería que la revisara antes de que llegara un restaurador al día siguiente.