—¿Y qué hiciste cuando descubriste que iba a tener un hijo que recibiría una parte importante del patrimonio?

Verónica se cubrió el rostro.

—Pensé que lo perdería todo.

—¿Qué significa eso?

Ella apartó las manos.

—Durante toda mi vida, pensé que algún día tendría una posición importante dentro de las empresas de papá. Cuando él murió, me convencí de que me correspondía una parte mayor de su patrimonio y de que Andrés debía ayudarme a mantener mi lugar. Cuando supe que el niño recibiría un fideicomiso independiente, pensé que ya no tendría acceso a nada.

—Eso no es cierto —dijo Federico—. El testamento contempla disposiciones específicas para todos los beneficiarios.

Verónica asintió con amargura.

—Lo sé. Pero no quería aceptar que no podía controlar lo que ocurría.

Andrés se levantó de la silla.

—¿Por eso decidiste hacerle daño a Elena?

—No pensé que fuera a caer de esa manera.

—La empujaste con las dos manos.

Verónica lloró con más fuerza.

—Sí.

—Estaba embarazada de treinta semanas.

—Lo sé.

—Podías haberla matado.

Verónica levantó la cabeza, horrorizada.

—No quería que ocurriera eso.

—Pero decidiste empujarla.

Ella no respondió.

Andrés respiró profundamente.

—Y después fingiste que te había atacado.

—Sí.

—Intentaste que Rosa mintiera.

—Sí.

—Y trataste de impedir que revisáramos la grabación.

Verónica asintió.

Cada respuesta parecía quitarle una parte de las defensas que había construido durante años.

Andrés volvió a sentarse.

—¿Hay algo más que debamos saber?

Verónica miró a Clara.

—El hombre que me contactó después de la muerte de papá se llama Esteban Rivas. Trabajó con él en varios proyectos. Fue quien me pidió los documentos y quien me prometió que podía ayudarme a resolver mis problemas económicos.

Clara anotó el nombre.

—¿Tienes mensajes que acrediten esa relación?

—Sí. Están en el teléfono.

El especialista confirmó que los archivos podían revisarse sin alterar el contenido original.

Clara continuó leyendo.

—Aquí hay una conversación en la que Esteban solicita información sobre la sociedad y otra en la que pide que no se entregue el informe a Rafael.

Federico se inclinó para leer.

—Esto tendrá que ser analizado por los auditores.

Verónica miró a Andrés.

—No espero que me perdones.

Él tardó en responder.

—Ahora mismo no sé qué siento.

Ella bajó la mirada.

—Lo entiendo.

—No, Verónica. No creo que lo entiendas. Durante años pensé que podía confiar en ti porque eras mi hermana. Cuando Elena me decía que la humillabas, yo buscaba excusas. Me convencía de que el duelo te había cambiado y de que, si tenía paciencia, volverías a ser la persona que yo conocía.

Andrés hizo una pausa.

—Pero anoche no solo mentiste. Pusiste en peligro a mi esposa y a mi hijo. Y, cuando te descubrimos, intentaste utilizar el nombre de nuestro padre para evitar las consecuencias.

Verónica lloró en silencio.

—Lo siento.

—Puede que lo sientas. Pero ahora tendremos que ver qué haces con la verdad que acabas de contar.

Ella asintió.

Andrés se levantó.

—Voy a dejar que los abogados y los auditores hagan su trabajo. No voy a interferir para perjudicarte, pero tampoco voy a intervenir para protegerte de una investigación legítima.

Verónica apretó los labios.

—Está bien.

—Y no volverás a acercarte a Elena sin su autorización.

—Lo entiendo.

Andrés se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, su hermana lo llamó.

—Andrés.

Él se volvió.

—¿Qué?

Verónica tenía los ojos enrojecidos.

—¿Papá habría estado decepcionado de mí?

Andrés permaneció en silencio durante un largo momento.

—No puedo hablar por él.

—Pero tú lo conocías mejor que nadie.

Andrés miró los documentos que estaban sobre la mesa.

—Creo que papá habría querido que dejaras de mentir. No sé si te habría perdonado inmediatamente. Pero sé que no habría querido que siguieras destruyendo a otras personas para evitar enfrentarte a lo que has hecho.

Verónica bajó la cabeza.

Andrés salió de la sala.

La verdad había comenzado a salir a la luz.

Pero no era una victoria.

Era el principio de una serie de consecuencias que nadie podía controlar por completo.

PARTE 9: LA VERDAD NO BORRA EL DAÑO

Durante las semanas siguientes, la familia Delmas dejó de parecer una familia unida.

Las llamadas se hicieron menos frecuentes.

Las comidas dominicales desaparecieron del calendario.

Los empleados de la mansión recibieron instrucciones de conservar cualquier documento relacionado con la administración de los bienes de Rafael.

La auditoría independiente comenzó a reconstruir las operaciones de la sociedad de inversiones.

Esteban Rivas fue contactado para que aportara información sobre los pagos y las solicitudes de transferencia.

Al principio, negó haber actuado de manera irregular.

Afirmó que todo había sido una confusión administrativa.

Después aseguró que Verónica había tomado las decisiones por su cuenta.

Pero los mensajes recuperados del teléfono de Rafael contaban una historia más complicada.

Había solicitudes explícitas de información.

Promesas de pagos.

Referencias a documentos que debían mantenerse fuera de determinados canales de revisión.

Y conversaciones en las que Esteban parecía preocupado por la posibilidad de que Rafael hubiera descubierto las operaciones.

Aquellos mensajes no bastaban para determinar por sí solos todas las responsabilidades.

Los auditores necesitaron revisar contratos, registros bancarios, autorizaciones y comunicaciones con terceros.

También tuvieron que distinguir entre operaciones legítimas, errores administrativos y posibles conductas deliberadas.

Verónica cooperó con la revisión.

Entregó sus comunicaciones y reconoció los pagos que había recibido.

Su abogado le recomendó no especular sobre cuestiones que no recordaba con claridad y no ocultar ningún documento.

Por primera vez en su vida, Verónica tuvo que responder preguntas sin utilizar el apellido de su padre para cerrar la conversación.

Y, mientras la investigación avanzaba, comprendió algo que nunca había considerado seriamente.

El dinero podía comprar comodidad.

Podía abrir puertas.

Podía ofrecer oportunidades.

Pero no podía devolverle la confianza de su hermano.

Tampoco podía borrar la imagen de Elena en el suelo, rodeada de cristales.

Ni cambiar el hecho de que había puesto en peligro la vida de un bebé por miedo a perder una posición que consideraba suya.

Una tarde, mientras esperaba una nueva reunión con su abogado, Verónica abrió una fotografía de Rafael.